Estuve unos cinco minutos sin encontrar en él algo que me llamase la atención pero si me detuve a retratarlo fue porque me interesaba captar algo que no fuera extravagante ni excesivamente bello.
Quería ser capaz de captar algún tipo de hermosura en algo tan simple, buscar ese aura hasta en las cosas que menos llaman la atención, y mientras el objetivo enfocaba nuevas perspectivas me fui dando cuenta de que hasta lo más sencillo tiene algo de especial.
Este arce se mostró robusto y fuerte. Con unas manchas moteadas en su corteza semejaba los graciosos círculos que tanto caracterizan a los dálmatas.
Estuve dando varias vueltas y probando distintos enfoques para darle un poco de personalidad a las fotografías. En esta quise dar a entender la posible doble función del arce, ya que en la imagen de abajo parece además de un árbol, la carpa de un paraguas bajo la que tomar cobijo en un momento de lluvia.
Cuando me metí debajo descubrí una forma que me inspiró, el tronco parece sostener de alguna manera la copa y las hojas, simula la forma de una mano sabia que no deja que se caigan los elementos más llamativos del árbol.
Lo curioso de descubrir esta forma es que la muñeca de la mano del árbol, tiene unas pequeñas arrugas que todavía dan mas verosimilitud a la imagen. Se aprecian justo debajo de la rama del medio.
Otro de los motivos que también me gustaron del arce eran los contrastes que sufrían sus hojas. Unas y las más vistosas eran de color verde, sin embargo por un lado descubrí el nacimiento de unas hojas de color castaño. Era como si el otoño quisiese entrar ya en la ciudad y brotase primero en el tronco del árbol para ir saliendo poco a poco y desterrar a las luminosas hojas del tiempo estival.
Es una práctica que me dejó ver que no siempre lo más bonito es lo único que debe retratarse, sino, no se hubiera hecho historia en la fotografía.
B. Corbal.

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